Vicente García Aracil
(y sobre Europa)
La Conferencia Episcopal Italiana acaba de prevenir de que, con mucho, la mayor catástrofe, que se cierne sobre Italia, es su decreciente e ínfima natalidad, ya que -nos dicen- el 51% de sus actuales familias no tienen ningún hijo; el siguiente 25 % sólo un hijo; el otro 20 %, dos hijos y por fin, el restante 5%, tres o más hijos; lo que hace un promedio de 0.8 hijos por mujer, muy por debajo de los 2.1 que se requieren siquiera para renovar la población en cada o generación. No se entiende cómo se pudo llegar a esta situación, pues en los dos siglos precedentes, la natalidad de Italia era tal, que en ciudades como NuevaYork y Buenos Aires, los emigrantes italianos constituían barrios enteros. Hoy, por contraste, muchos argentinos, descendientes de antiguos emigrantes italianos buscan regresar a Italia, que presenta un déficit poblacional. Lo sorprendente es que, así como en China, con frecuencia, se fuerza (con el aborto, si fuese necesario) a que no haya más de un hijo por familia, en Italia y en el resto de Europa, sencillamente, no se desea tener hijos, pues los mismos Estados, alarmados ya están impulsando una mayor natalidad, en Francia, en Alemania y en toda Escandinavia. Si persiste esta tendencia antinatalista (que en pocas generaciones equivale a una especie de suicidio colectivo, (y en el resto de Europa, incluída España, la situación no es mucho mejor) en breve se llenará entonces Europa -y esto ya está sucediendo- de ancianos, sin hijos ni menos nietos, que puedan cuidar de ellos, heredar su experiencia y darse, unos y otros, afecto mutuo y sentido a sus vidas. Otra consecuecia, por cierto inevitable, de esa falta de natalidad, es que Europa, al igual que los Estados Unidos, recibe emigrantes de países más pobres, lo cual reporta un beneficio mutuo, si la integración de los emigrantes sigue un buen curso. Esta deficiencia de natalidad, está sin duda unida a una paganización de la sociedad, a una pérdida de los valores cristianos y a la consecuente falta de entusiasmo por la vida, lo que trae consigo una soledad en la vejez y el que muchos aboguen por la eutanasia, sin duda para deshacerse de los ancianos, que al no ser queridos por nadie, se antojan sólo como una carga. Afortunadamente, en toda América la situación está mucho mejor, pues la mayoría de la población está constituída aquí por matrimonios, de un hombre con una mujer, que tienen un promedio de hijos, suficiente para la renovación de las generaciones, y hasta con un crecimiento saludable. Seguimos, pues, las constumbres que un día aprendimos de Europa y a las que seguramente ésta volverá, pues no hay otro camino mejor.
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