Alberto Ross
La otra filantropía
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Aristóteles, en el siglo IV a. C., solía repetir a sus contemporáneos que todos las acciones humanas persiguen un bien determinado. También les recordaba que la articulación de esos distintos bienes siempre conlleva la elección de un bien o fin último al que llamamos felicidad. En cada caso, es decir, para cada hombre, el fin elegido podría ser distinto. Nosotros, a más de veinte siglos de distancia, podríamos estar de acuerdo con el filósofo griego. Detrás de la construcción de cines, templos, hospitales y cantinas encontramos, precisamente, ese anhelo de felicidad. Sin embargo, ahí empiezan las preguntas complicadas: ¿cómo alcanzar la felicidad?, ¿cómo lograr la mejor versión de nosotros mismos?, ¿cómo tener una vida lograda? Hay tantas respuestas como personas, pero hay tres alternativas que se presentan a todos por igual: (1) tratar de llegar a la plenitud por un golpe de suerte; (2) esperar a que alguien nos lleve a su encuentro; o (3) ser el protagonista de esa búsqueda. El azar no parece ser el mejor motor de una vida lograda. Un chispazo de buena fortuna suerte no es suficiente para alcanzar un estado de plenitud definitiva o, por lo menos, estable. A su vez, la segunda opción —poner nuestra vida en manos de otro—, más bien diríamos que es irresponsable. Renunciar a la libertad equivale a repudiar lo que somos: personas libres, agentes racionales, animales políticos en definitiva. Al parecer, hay buenas razones para pensar que una vida plena reclama un papel protagónico de forma permanente. Si bien las acciones que lleva a cabo una persona se dan en un escenario cuyas variables no dependen de ella totalmente, no por ello se diluye el protagonismo en la construcción de la propia vida. El hombre vive siempre en un mundo que no fue elegido por él, pero en el que debe elegir. ¿Cómo hacerlo bien? No hay respuestas universales a este tipo de preguntas, ni fórmulas exactas para ello, pero algo que sí podemos decir con toda certeza es que todos necesitamos una estrategia de vida para relacionarnos con el mundo. En definitiva, decimos que no sólo es responsable quien asume las consecuencias de sus actos, sino también quien asume sus antecedentes y uno de ellos es la planeación. Un proyecto de vida no es un lujo, sino un artículo de primera necesidad. No podemos vivir la vida como si fuéramos eternos, pero tampoco podemos vivir sólo para el futuro. Hay que hacer lo que amamos y amar lo que hacemos. La razón de ser de un proyecto de vida es generar un marco de referencia apropiado para nuestras acciones, con el cual sabremos si estamos en el lugar correcto, que puede ser el cine, estadio de futbol, la cantina o el templo. La tarea más compleja en este asunto es encontrar el punto de equilibrio entre la inmediatez y el largo plazo. Ahí nos jugamos la felicidad. Una filantropía profunda se esmera en generar las condiciones para que las personas puedan escoger su propio proyecto, para que se elijan a sí mismos. La podemos llamar caridad, amor al prójimo o de muchas maneras más, pero lo importante es educar a las personas en el uso de su libertad y en la elección de sí mismos. Siempre es más fácil culpar al entorno —político, económico, familiar, etc.—, pero no son pocas las ocasiones en las que el principal responsable de nuestra buena o mala fortuna somos nosotros mismos. El balón, incluso en tiempo de crisis, sigue de nuestro lado.
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