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Sandra Monroy Gutiérrez
Cuando tenía alrededor de 15 años, tuve mí primer contacto con bebidas alcohólicas. A partir de esta edad llegue a consumir cuando se presentaba la ocasión, ya sea en fiestas, reuniones o en fin de curso.
Esta situación continúo en la preparatoria. A pesar de que fui deportista, preferí muchas veces irme de fiesta que hacer ejercicio.
Afortunadamente, nunca dejé de estudiar y terminé la carrera de licenciado en Ciencias de la Comunicación. Sin embargo, en la universidad propiciaba salirme de clases y buscar a los compañeros que les gustaba beber, ya eran borracheras incontrolables. Seguramente tenía la capacidad de tolerarlas más por mí condición física. En la universidad algunos compañeros consumían marihuana. Me invitaron y la probé. Una cosa lleva a la otra y siempre quise demostrar que sobresalía en todo... pero en todo lo malo. Posteriormente, fue un hábito fumar marihuana y tomar alcohol, después vino la cocaína, aunque no era tan frecuente su consumo porque le tenía cierto temor. En está época difícil, tenía la idea de consumir lo que fuera, pero nunca perder el conocimiento. Era una convicción, algunas veces lo logré, pero muchas otras no. Al terminar la carrera y titularme empecé a ejercer. Primero me dediqué a hacer producción de TV, películas, largometrajes y video homes. El alcohol era como una parte fundamental en mí vida, no podía desenvolverme ni encontraba una personalidad propia si no bebía.
Una vida protegida por un Ser Divino Me casé a los 26 años de edad, mí esposa sabía que me gustaba la copa. Incluso cuando pensamos en tener hijos tuve miedo que nacieran con alguna discapacidad, pero nunca deje ni el alcohol ni las drogas. A los 30 años nació mí hija, está sana. Ahora se que por la gracia de un Ser Superior estuve protegido, así como mí familia. Después de dos años nació mí hijo, y a los otros dos, el más pequeño. Tenía pesadillas. Afortunadamente mí esposa siempre me apoyó. Nunca supo hasta dónde iba yo a llegar con la enfermedad. Estuvo cerca con la esperanza de que cambiaría, aunque pasaron muchos años para que esto sucediera.
Dejé de beber hace 4 años y mis hijos vivieron mi alcoholismo y el consumo de sustancias tóxicas. Me vieron borracho y se enojaban conmigo. Sentía la necesidad de esconderme, de que no vieran cómo me empinaba la copa. Fumaba marihuana en casa, nunca me vieron, pero la olían. Salían, y si llegaban a casa y escuchaban la música fuerte se ponían nerviosos, se molestaban porque sabían que ya estaba ebrio. En algún momento me escondieron las botellas y era terrible, porque se metían conmigo. Dentro de mí locura, pensaba que no se daban cuenta, pero dentro de mí poca conciencia yo sabía que tenía que dejar de consumir, porque estaban creciendo y no quería que vivieran lo que yo viví con mi padre. Él fue alcohólico. Intento de un buen padre
Con mis hijos siempre quise ser amoroso, nunca falte a casa, sin embargo, ahí me emborrachaba y en algunas ocasiones fumaba marihuana. Quería educarlos, pero por el vicio quien lo hizo fue su mamá. Con ella tuve algunos conflictos, ya no era tan tolerante, ni paciente, ni sonriente, ni amorosa. Se volvió áspera, enojona, agria, gritona, neurótica, o más bien, así la convertí. Se refugio en la iglesia porque lo necesitaba. Mí hija era rebelde y altanera. Ya cursaba la secundaria y se daba cuenta de todo y había conflicto por tener un papá borracho. La decisión final Mis hijos de todo se enojaban, ya no me abrazaban ni se me acercaban. Yo sentía un rechazo, un vacío, un sufrimiento terrible al estar perdiendo a mí familia. Afortunadamente tomé la decisión, con mí esposa, de irme a un departamento que tenemos en Ecatepec. Necesitaba aislarme y encontrar algo que me permitiera dejar de beber, le dije que no regresaría a la casa hasta que lo logrará. Me fui a Ecatepec, estuve en un grupo de AA, pero seguía tomando. Ahí viví el fondo del sufrimiento alcohólico: estar solo, sentir nauseas, temblorinas, pesadillas, tenerme que arrastrar para llegar al baño. Una situación muy complicada. Fue cuando decidí dejar de beber y le pedí ayuda a Dios. Un sábado no compré botellas aunque sabía que eso equivaldría a sentir abstinencia. Al siguiente día comencé de manera decidida a dejar de beber, le hablé a mí esposa y se lo conté. Le dije que quería regresar. Ella me apoyó, pero mí hija me dijo: no quiero que entres, no quiero que vengas a la casa, no te creo, eres un mentiroso y no te quiero volver a ver. Mis otros dos hijos eran más pequeños, ellos no fueron tan crueles ni lastimosos. Durante la semana tampoco bebí, pero el lunes al llegar al centro laboral me despidieron.
El regreso de un padre triunfanteHoy me queda claro que ese fondo de sufrimiento sólo llegó en el momento en que perdí el trabajo. Por eso decidí acudir a AA. Gracias a Dios desde hace 4 años estoy en el grupo y no he vuelto a probar gota de alcohol. Dos meses después deje las sustancias tóxicas. La relación con mí hija al principio fue muy difícil, ella no me creía y volver a ganar su confianza fue complicado. Le pedí perdón y le dije que se lo demostraría con hechos. Hoy me abraza y me hace bromas, antes no se me quería ni acercar. Mis hijos me ven como un padre. Ya hay orden, disciplina y somos una familia unida, fortalecida y armónica. Vicente P.
Un grupo AA puede transformar su vidaEl programa de AA funciona para reordenar vidas y familias. Es una oportunidad de encontrarse a sí mismo y es una alternativa para poder cambiar. Dicho programa da resultados, siempre y cuando, se tenga la disposición para hacerlo. En México hay alrededor de 32 millones de bebedores, 60% son hombres y 40% mujeres. Uno de cada 10 adultos varones tienen problemas de alcoholismo. Existen 3 millones de alcohólicos en nuestro país. Veintisiete mil personas al año mueren por la forma inmoderada de beber. Central Mexicana de Servicios Generales de Alcohólicos Anónimos. Huatabampo 18, colonia Roma Sur. Número telefónico 5264 2588.
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