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Sucesos pasados y presentes

Vicente García Aracil

Revoluciones sexuales del siglo XX


Comentaba el historiador español Pío Moa, que la sexualidad es como un potro indómito, que ocasionalmente puede desbocarse y hasta desbarrancarnos. Tradicionalmente esos ímpetus se moderaban en buena parte por medio del matrimonio, el cual descansaba sobre el amor, la fidelidad y la comprensión mutuos, dando como un regalo extra a los hijos, los cuales cimentaban aún más la unión de los padres y daban además mayor sentido a la vida de éstos. Ésa era en esencia -y lo sigue siendo- la doctrina cristiana, que en la práctica funcionaba bastante bien, si no en todos los casos, sí en la mayoría de ellos, y que ponía, por añadidura, un freno al libertinaje.

Sin embargo en los años 20, al poco de terminar la Primera Guerra Mundial de 1914-1918 con la gran crisis moral que ésta acarreó, surgió (con ayuda del psicoanálisis) la primera gran revolución sexual, que traía la teoría de que la sexualidad  era  una  simple necesidad fisiológica, algo así, nos argumentaban,  como el comer o el beber. Eso nos decían aquellos dizque expertos sexólogos de entonces -y al parecer también los de ahora- agregando incluso que su restricción y control podrían acarrear graves daños físicos y mentales. El caso es que no hay evidencia de que el oportuno freno a las pasiones, haya acarreado tales daños, sino más bien lo contrario.
Lo que sí sucedió es que aquellas conductas extravagantes y que antes eran marginales, se generalizaron, con la consiguiente quiebra de las familias y un aumento de la prostitución y de las enfermedades venéreas. Con ese permisivismo sexual, tenían además amplia cabida la homosexualidad y otras conductas, aún más aberrantes, como las prácticas sexuales con niños e incluso  con animales. 
La segunda gran revolución sexual surgió en los años 60, ayudada por las pastillas anticonceptivas y como consecuencia de la otra  grave crisis moral, que venía ya desde el final de la Segunda Guerra Mundial de 1939-1945. Ahora, más que como una simple necesidad fisiológica, la sexualidad se presentó como una diversión. Como se ve, aunque con distintos matices, ambas revoluciones tuvieron semejantes efectos corrosivos: la familia y todos los antiguos valores -y no digamos ya los hijos- no sólo perdían interés, sino que se tornaban en verdaderos obstáculos, si no había diversión. También, cuando bajaba la diversión o ésta se podía obtener mejor por otro lado, pues ya sabemos lo que pasaba: se desbarataban aquellas uniones, por demás ficticias. 
En realidad estas formas de pensar siempre han existido más o menos, pero la satisfacción y la diversión quedaban plenamente subordinadas al amor y a la fidelidad conyugal. Los hijos eran además bien recibidos y éstos contaban, por lo general, con un hogar estable, en el que tampoco faltaba la figura paterna, algo hoy en día y por desgracia, ausente en muchos hogares. 
No se puede además ignorar que la sexualidad suele ir ligada a sentimientos muy intensos y profundos, en los que, de un modo o de otro, está también implicada la otra parte, la que también tiene sus propias necesidades afectivas y que no puede ser reducida a un simple objeto de satisfacción o de diversión pasajeros y desechable a capricho. Estas dos revoluciones sexuales, no sólo han traído consigo la ruina de muchos hogares, sino también un considerable aumento de la prostitución, de enfermedades como el Sida, y de la violencia intrafamiliar, cuyas víctimas son mayormente las mujeres y los niños.
¿Por qué, pues, no disfrutar de todas las ventajas de la tecnología y del progreso modernos, pero sin echar por la borda aquellos sabios principios, que normaron la conducta de nuestros mayores, y que aún siguen vigentes? 


 
 

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