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José Antonio López Ortega Müller
Cuando alguien hace un propósito, es porque antes hizo un examen de algo. Los propósitos casi siempre son para algo bueno, para mejorar, para crecer como persona, para servir mejor a los demás, para aprovechar mejor el tiempo, ¡qué sé yo... ! Si el propósito fuera, por ejemplo, tratar de conocernos mejor para saber qué es lo que queremos en la vida, entonces habría que poner los medios necesarios, como: evitar el ruido y escuchar el silencio interior; evitar la masificación y dialogar con Dios, consigo mismos y con otras personas. Si lo que pretendemos es ser mejores, habría que aprovechar ese ambiente de silencio y de diálogo para escuchar la «voz» de la ley moral, del código de moralidad al que debemos ajustar nuestra conducta. Gracias a la conciencia moral, podemos evaluar nuestros actos en relación con la norma moral. La conciencia moral está íntimamente relacionada con el proyecto de vida. El valor de este proyecto depende de modo esencial de la autenticidad y de la rectitud de nuestra conciencia. Depende de su sensibilidad. Juan Pablo II insistentemente les pide a los jóvenes que sean «personas de conciencia», personas de principios. Esta es la condición para que sus proyectos estén orientados a la propia mejora personal: «En la conciencia moral del hombre y, concretamente del hombre joven, que forma el proyecto de toda la vida, está escondida la aspiración de ‘algo más’». Desear «algo más», si es que realmente queremos tirarle muy alto, es aceptar la llamada de Dios a todos los hombres, a la perfección, a la santidad. Pero no basta con «obrar en conciencia», hay que asegurarse, además, que esa conciencia esté bien formada, que no esté desviada, que no ceda a la deformación bajo la acción de cualquier tipo de relativismo o utilitarismo. Ser hombre de conciencia requiere, por tanto, esfuerzo personal para que esa «voz» interior no sea silenciada o deformada; esfuerzo para no confundir el bien con el mal. No es nada infrecuente la confusión entre conciencia cierta (estar seguro de; certeza subjetiva) y conciencia recta o verdadera (adecuación de lo que se piensa con la realidad, con la verdad objetiva). Cabe preguntarse por qué, en muchos casos, la certeza subjetiva no se corresponde con la verdad. La causa principal es el oscurecimiento de la conciencia, la pérdida de la luz de la ley moral, debido a las huellas del pecado original. Las posibilidades y los límites de la conciencia moral están perfectamente explicadas desde hace más de 35 años por Pablo VI, que en su discurso del 13 de febrero de 1969 afirmó que: «La conciencia, por sí misma, no es el árbitro del valor moral de las acciones que ella sugiere. La conciencia es intérprete del valor moral de una norma interior y superior, pero no es ella quien la crea. La conciencia está iluminada por la intuición de determinados principios normativos, connaturales a la razón humana, pero no es ella la fuente del bien y del mal: es el aviso, es como escuchar una voz —que se llama precisamente voz de la conciencia—, es como un recuerdo de la conformidad que una acción debe tener con una exigencia extrínseca del hombre, para que el hombre sea verdadero y perfecto». Para juzgar las cosas a la luz de la verdad es preciso formarse. La formación de la conciencia recta o verdadera es así fundamento de la propia libertad (y no un condicionamiento de la misma). La formación de la conciencia moral consiste en dirigir la voluntad —de modo habitual— hacia lo que agrada a Dios. Entre las diversas normas prácticas para formar la conciencia, cabe destacar tres: el conocimiento objetivo de la doctrina de la Iglesia (el Magisterio da la interpretación segura del querer de Dios); el examen de conciencia; la confesión y la dirección espiritual. Ojalá que los propósitos de este año los hayamos tomado con plena conciencia, para enseguida ir tratando de ponerlos en práctica. Si somos constantes perseveraremos en ellos y al fin de 2005 podremos decir: ¡vencimos! O una vez más nos dejamos vencer por nuestra pereza, miedo, ignorancia, comodidad, etcétera.
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