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Mons. Genaro Alamilla

Características irrenunciables del matrimonio

  

 

La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la complementariedad
de los sexos repropone una verdad puesta en evidencia por la recta razón
y reconocida como tal por todas las grandes culturas del mundo. El matrimonio
no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ha sido fundado por el
Creador, que lo ha dotado de una naturaleza propia, propiedades esenciales
y finalidades. Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas. Así se perfeccionan mutuamente para colaborar con Dios en la generación y educación de nuevas vidas.

 

La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de
la naturaleza misma. Según el libro del Génesis, tres son los datos fundamentales
del designo del Creador sobre el matrimonio.

 

En primer lugar, el hombre, imagen de Dios, ha sido creado varón y hembra (Gn 1, 27). El hombre y la mujer son iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto varón y hembra. Por un lado, la sexualidad forma parte de la esfera biológica y, por el otro, ha sido elevada en la criatura humana a un nuevo nivel, personal, donde se unen cuerpo y espíritu.

 

El matrimonio, además, ha sido instituido por el Creador como una forma
de vida en la que se realiza aquella comunión de personas que implica el ejercicio de la facultad sexual. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne (Gn 2, 24).

 

En fin, Dios ha querido donar a la unión del hombre y la mujer una participación
especial en su obra creadora. Por eso ha bendecido al hombre y la mujer con las palabras: “Sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 28). En el designio del Creador complementariedad de los sexos y fecundidad pertenecen, por lo tanto, a la naturaleza misma de la institución del matrimonio.

 

Además, la unión matrimonial entre el hombre y la mujer ha sido elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. La Iglesia enseña que el matrimonio cristiano es signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5, 32). Este significado cristiano del matrimonio, lejos de disminuir el valor profundamente humano de la unión matrimonial entre el hombre y la mujer, lo confirma y refuerza (cf. Mt 19, 3-12; Mc 10, 6-9).

 

No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones
homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales,
en efecto, cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una
verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación
en ningún caso.

 

En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales están condenadas
como graves depravaciones (cf. Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10).

 

Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen
esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que
los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. El mismo juicio moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos, y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica.

 

Sin embargo, según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza.
Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, del documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

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