Luis De la Barreda Solórzano
El tabú de la clonación
Los diputados federales del PAN y la Arquidiócesis Primada de México manifestaron su total rechazo a la clonación terapéutica a propósito de que Luis Ernesto Derbez, secretario de relaciones exteriores, expresara que México adoptaría una posición conciliadora ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, que discutió durante dos días el tema sin llegar a un acuerdo. La propuesta de Bélgica abría la posibilidad de aceptar la clonación con fines terapéuticos, en tanto que la de Costa Rica se pronunciaba por la prohibición absoluta. Los legisladores del partido en el poder sostienen que el compromiso humanista del gobierno de Vicente Fox supone una indeclinable protección a la vida que no admite excepciones. La Arquidiócesis coincide con ese grupo parlamentario: opina que toda clonación de embriones humanos, incluso la terapéutica, es gravemente inmoral, ya que no es lícito pretender mejorar la calidad de vida de algunos a costa de la manipulación y muerte de otros. Esta postura se basa en la creencia de que un óvulo humano fecundado es un ser humano con todos los derechos inherentes a esa condición. No es fácil que la razón se abra paso en asuntos en que no sólo el dogma, la pasión y los prejuicios sino incluso los vocablos constituyen armaduras contra los argumentos. Así pues, para un análisis racional quizá convenga empezar por la terminología, pues no ayuda que para dos procedimientos distintos, con finalidades asaz diversas, se emplee la misma palabra, clonación. La clonación reproductiva, que pretendería replicar seres humanos, es recusada por toda la comunidad científica. A la terapéutica debe asignársele otra denominación. Bernat Soria, director del Instituto de Biotecnología de la Universidad Miguel Hernández, de España, propone que se le llame transferencia nuclear con fines terapéuticos, que, aunque es la técnica que se usa para clonar, igualmente se utiliza para otros objetivos de suma importancia en la investigación biomédica. El primero es la terapia celular, en la que se sustituyen los tejidos enfermos o dañados por otros cultivados en laboratorio. Así se realizan los trasplantes de médula ósea, que sirven para el tratamiento de la leucemia y otras enfermedades graves. Se hacen con médula de donantes, lo que obliga al receptor a tomar fármacos inmunosupresores de por vida. Estos medicamentos atenúan el rechazo inmunológico pero bajan las defensas y tienen efectos secundarios. Es prácticamente imposible hallar un donante totalmente compatible porque hay más de 300,000 tipos de compatibilidad distintos. La transferencia nuclear permitiría que se tomara una célula de la piel del paciente, se le extrajera el núcleo —que contiene el genoma completo— y se le introdujera en un óvulo privado de su propio núcleo. El embrión resultante, que se desarrolla solamente una o dos semanas, sería fuente de células madre, las cuales podrían transformarse en médula ósea y trasplantarse al paciente. La compatibilidad sería total. La transferencia nuclear también es una herramienta de gran valor para el estudio del cáncer. Muchas clases de cáncer no se deben a la mutación de los genes sino a que éstos se han inactivado por factores externos (epigenéticos) al ADN. La técnica de tomar el núcleo de una célula cancerosa e introducirlo en un óvulo aportaría información crucial sobre las causas de los diferentes cánceres. Asimismo, la transferencia nuclear, y la subsiguiente obtención de células madre, constituiría un instrumento de inapreciable valor para estudiar aspectos básicos de la biología humana. Numerosos experimentos que no pueden realizarse en una persona podrían hacerse en las células madre, incluida una buena parte de los ensayos de nuevos medicamentos y de los efectos que un fármaco produce sobre personas de distinta composición genética. ¿Esos impresionantes avances se darían a costa de la destrucción de un ser humano (el embrión), como pretenden la Iglesia católica y sectores afines a ésta? Veamos. Un embrión de dos semanas es una minúscula bola de células sin el más mínimo vestigio de sistema nervioso, ya no digamos de cerebro. En condiciones naturales, 75% de estos embriones se pierden en el útero. La fecundación de un óvulo no produce un genoma humano y, por tanto, un ser humano en proyecto. El óvulo fecundado tiene un genoma y medio. Una célula de la piel tiene un genoma completo, y las matamos por miles al rascarnos. ¿Pensará usted en eso, amigo lector, la próxima vez que tenga comezón? ¿Lo tendrán en mente los diputados panistas y el Cardenal Norberto Rivera, que preside la Arquidiócesis? Y si así es, ¿se abstendrán de rascarse?
|