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Causas Justas

Víctor García Lizama

 Ética y Discapacidad (2da. Parte)

Sin duda, en las personas con discapacidad visible, se evidencia esta condición oculta que todos compartimos. El hacer conciencia de nuestra discapacidad nos permite tener una percepción más profunda de la existencia, y vivir más de cerca el misterio que ésta encierra. Vista así, la discapacidad ostensible constituye una riqueza personal y social, lejos de ser una carga para nuestro desarrollo y crecimiento personal. Es más, la defensa que hacemos por el tránsito libre, la cabal salud, la oportunidad de educación y de trabajo, como derechos inalienables de las personas con discapacidad aparente, no se concreta a defender los derechos humanos de éstas, sino, más aún, abarca el derecho de todos los seres humanos de convivir con estos seres superiores, plusválidos, que nos enriquecen y nos enfrentan a una verdad de nuestra vida: nuestras carencias, restricciones, limitaciones y la escasez de nuestras cualidades, que también nosotros tenemos que superar, tratándolas como una oportunidad de crecimiento.

Aceptación y virtud

Ante la realidad de nuestras limitaciones, el presupuesto de nuestra superación y perfeccionamiento es la aceptación de nuestra condición. Sólo mediante la aceptación somos capaces de avanzar en la vida y transformarla. Si la vida es un don y no nos la hemos dado nosotros mismos, necesitamos primero aceptarla, como se nos dio, asumirla y agradecerla; claro, también podríamos rechazarla en un acto de ingratitud suprema.

Muchas veces caemos en el error de juzgar nuestra vida y nuestras circunstancias confrontándolas con otras vidas y otras circunstancias o con la vida que en nuestra imaginación creamos, pero que no es. Nos medimos a la perfección hacia abajo; de lo ideal inexistente a lo real que somos y poseemos, cuando debemos medirnos a partir de lo que somos y lo que podemos lograr y ser por nuestro esfuerzo. Es más, la aceptación no es sólo el presupuesto básico para adelantar en la virtud; la aceptación es, sobre todo, verdad que nos lleva de la mano a la comprensión de nosotros mismos y de los demás, que nos permite asumir el reto y el dolor, para transformarlo en éxito y gozo.

Quizá esta concepción hizo afirmar a Romano Guardini: “Quién tiene una fuerte sensibilidad y percibe la felicidad de la existencia, debe también soportar los dolores. Ninguno puede querer quedarse con lo uno, dejando lo otro, sino que, si quiere vivir con auténtica felicidad a la vida, debe asentir a la totalidad  de la imagen de su propia naturaleza.”

Un presupuesto básico para gozar de un regalo es, primero que nada, haberlo recibido y aceptado, haber agradecido el don tal como venía, apreciándolo en su totalidad. O mejor dicho aceptando tanto lo bueno que entendemos como lo bueno que no comprendemos y que es lo que apreciamos como malo. Si reconocemos que, en estricto sentido, no nos pertenecemos, dejaremos de enorgullecernos de nuestras cualidades  o de tomar demasiado en serio nuestras deficiencias.

Vocación única

Ya que la vida no es pura alegría ni solamente tristeza, nuestra misión está entretejida de dolor y gozo, luz y oscuridad. Por ello es también necesario vivir con fortaleza. La felicidad no es sólo la que se vive en los momentos de gozo, sino la que surge de recorrer el camino para acercarnos a nuestro fin; de hacernos de tal manera que podamos servir a los demás como necesitan ser servidos. Todos, dentro de nuestras discapacidades, podemos servir a los otros.

Sobra decir que sólo nosotros podemos dar aquello que nos corresponde, que nadie puede sustituirnos en esa tarea. Tal vez alguien pueda hacer las cosas mejor que nosotros, pero la entrega misma en esa acción, nuestro sello personal, el ser que va surgiendo en ese hacer, nadie lo puede sustituir, sólo puedo serlo y hacerlo yo.

Otra virtud básica es la paciencia. Mediante la aceptación, la fortaleza y la paciencia me poseo a mí mismo, condición indispensable para darme a otro. Sólo quien es dueño de sí es capaz de entregarse a otro, y sólo quien se acepta puede aceptar a los demás.

Sin embargo, la paciencia sería muy difícil de lograr si no existiera la fe y la esperanza. La esperanza y la fe nos sacan a flote. Fe en que realmente hemos sido llamados a la felicidad imperecedera, y esperanza en alcanzarla. La fe y la esperanza alivian el dolor, dan sentido a nuestra vida y revelan su misterio.

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