Vicente García Aracil
Bodas reales, ¿todavía en nuestro siglo?
La reciente boda del Príncipe de Asturias, y heredero de la Corona Española, Felipe de Borbón con Letizia, acaparan la atención de los medios periodísticos y televisivos del mundo entero. La expectación fue grande y las mujeres en especial no parecían querer perderse detalle alguno del evento. Se ve que a muchas de ellas -con la posible excepción de alguna que otra feminista a ultranza- les calaron bien hondo aquellos relatos de infancia de La Cenicienta, de Blanca Nieves y de La Bella Durmiente. Muchas de ellas acaso soñaron alguna vez con la aparición de uno de aquellos príncipes azules. Tales fantasías (la vida está endulzada de fantasías) se vieron ahora ampliamente colmadas con la unión de una humilde y bella doncella con acaso uno de los príncipes más apuestos de nuestros días. Hace unos veinte años hubo otra boda principesca similar: la de los entonces Príncipes de Gales, Carlos y Diana, herederos de la Corona Británica. La ceremonia nupcial fue igualmente esplendorosa. Lástima que debido a mutuas infidelidades, un inicio tan feliz terminara en ruptura y hasta en tragedia! Nada hace, sin embargo, pensar que algo así pueda suceder con Felipe y con Letizia. ¡Se les veía felices y enamorados, especialmente desde el momento en que fueron proclamados: marido y mujer! En su emotiva visita con Juan Pablo II, éste les instó a ser un modelo para las familias españolas. Es de esperar que así sea, especialmente ahora en que la familia está siendo tan atacada con la reciente aceptación, por parte del nuevo Gobierno Español, de matrimonios entre personas del mismo sexo, que incluso puedan adoptar niños. Ese evento trae a consideración el papel actual de las monarquías, institución casi universal hace tan sólo un par de siglos, pero ya un tanto obsoleta y, por supuesto, inconcebible en nuestra América, donde casi todas las independencias (salvo las de Brasil y de Canadá) se gestaron en luchas contra los regímenes monárquicos de Inglaterra y de España. También en Europa fueron desapareciendo muchas monarquías: primero la francesa, con su violenta Revolución; al término de la Primera Guerra Mundial de 1914-1918, las de Alemania, Rusia y Austria-Hungría y, por fin, tras la Segunda Guerra Mundial de 1939-1945, las de Italia, Yugoslavia, Rumania, Bulgaria y Grecia. Sin embargo en los países, donde aún subsisten las monarquías (Inglaterra, España, Bélgica, Holanda, Noruega, Suecia, Dinamarca y Japón) la realeza es querida, por la mayoría de la población. Así se comprobó cómo las manifestaciones anti-monárquicas, con motivo de la boda de Felipe y Letizia, fueron raquíticas y sin impacto popular. Más aún, en esos países monárquicos, y aunque esto parezca paradójico, existe una democracia y una libertad, que en la mayor parte de las restantes repúblicas del mundo, como sucede en América Latina, en el África post-colonial y en los países aún comunistas, como Cuba, Corea, Vietnam del Norte y China. Una ventaja de las monarquías parlamentarias (donde el rey no gobierna) es que dan continuidad y estabilidad al país. Eso acaba de suceder en España, donde acaba de haber un brusco viraje de su política exterior, en donde existe una gran amistad con Estados Unidos se ha pasado a un súbito distanciamiento. Sin embargo, y gracias a la monarquía, el país no ha cambiado (aún) sus instituciones fundamentales. Tampoco es cierto que los gastos de las monarquías sean, en sí, excesivos; se trata de gastos de Estado que, de un modo u otro, se ejercerán. Algunos se quejaron de los 20 millones de euros, que dicen costó la boda real, y que, alegaban, pudieron haberse repartido entre los pobres. Esto recuerda lo que le sucedió hace muchos años a un magnate americano. Un activista se le presentó con una pancarta que decía: Reparte tu dinero entre todos los americanos. Amigo, le dijo nuestro magnate, hay (en aquel entonces) unos 200 millones de americanos y yo tengo 200 millones de dólares. Toma, pues, el dólar, que te correspondería en el reparto y déjame en paz. Repartidos, esos 20 millones de euros entre los 40 millones de españoles, les habría tocado a medio euro por cabeza, algo así como para comprarse un refresco. ¡No hay, pues, que sacar las cosas de quicio con burdas demagogia
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