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MIRAR EN LO PROFUNDO

Ana Teresa López de Llergo

 La belleza y el equilibrio  

En el artículo del mes pasado vimos cómo la belleza de la inteligencia depende del modo de captar los estímulos del entorno y de relacionarlos entre sí, con uno mismo y con los demás, pero, también, del modo de expresarlos utilizando un lenguaje bello en la forma y en el fondo.

Sin embargo, no basta con expresarnos bien, también nuestras obras han de estar impregnadas de belleza. Por tanto, es necesario actuar, pero no de cualquier manera.

Para actuar bien hay que llevar a cabo todo aquello que nos compete, como miembros de una familia y de una sociedad, desde las actividades elementales para estar presentables, hasta nuestras propias obligaciones. Por eso, hemos de evitar la pereza y la precipitación. La pereza impide hacer; la precipitación provoca obras mal hechas. Para eliminar esas desviaciones, necesitamos tener una voluntad firme, capaz de sostenernos en el cumplimiento de nuestras obligaciones, capaz de resistir a la tentación de elegir hacer sólo lo fácil o, en el peor de los casos, de no hacer nada para evitar complicaciones.

Un síntoma de pereza aparece cuando buscamos justificación para no cumplir con nuestro deber. Esto sucede si un niño convence a sus padres de no ir a la escuela, afirma que le duele el estómago, asegura estar sin fuerzas y tampoco le apetece comer. Pueda ser que tenga cierto malestar, pero lo agranda porque en realidad no quiere que le llamen la atención: no hizo la tarea. La precipitación en un primer momento puede dar la impresión de diligencia, pero, en el fondo, oculta la poca disposición de afrontar el deber, en este caso, se busca salir del paso lo más pronto posible y ocuparse de lo que agrada aunque sea algo trivial, sin importancia.

La voluntad es la facultad espiritual por la que apetecemos lo que nos muestra la inteligencia, lo elegimos y ponemos los medios para conseguirlo. Si la inteligencia muestra algo bello, a la voluntad le llamará la atención y lo elegirá. Esta elección tendrá una doble vertiente poseer algo bello y embellecer la voluntad, esto promueve la mejora en el ser y en el hacer.

La voluntad se ejercita en la elección y en la realización, para ello, es preciso mantenerla activa –evita la pereza- y, atenta a lo que se hace –evita la precipitación-. Así adquiere la firmeza y solidez para la que está diseñada. Sin embargo, una persona que forja una voluntad disciplinada puede tomar una actitud de superioridad y poco comprensiva con quienes no han alcanzado el mismo dominio. Para evitar esa postura es conveniente establecer una relación estrecha entre la voluntad y el corazón.

Por  corazón entendemos el centro de la intimidad donde se guardan los buenos deseos, los cariños y los afectos. Aquí se facilita la comprensión y la compasión. Con la comprensión se entienden los fallos que puedan tener los demás y se evita la dureza en el juicio. La compasión inclina a dolerse de los padecimientos ajenos y acompañarles con una ayuda práctica para salir de ese estado doloroso.

Si la voluntad queda sola sin la influencia del corazón habrá dureza y rigidez. Si el corazón se aleja de la voluntad habrá sentimentalismo e inconsistencia. La belleza y el equilibrio se dan en la vinculación de la voluntad con el corazón. Cada parte complementa a la otra.

Cuando el corazón se desvincula tenemos a una persona receptiva a los problemas, cálida pero impotente para brindar una ayuda práctica y eficaz, se queda sólo en deseos. Algunas veces pueden darse afectos exagerados o preferencias injustas que fomentan apegamientos. Por otro lado, se rechaza a quienes se consideran intrusos porque se pueden interponer y disminuir la atención que se demanda de los elegidos.

La belleza en el equilibrio de las acciones se manifiesta en la congruencia de la actividad, no hay sobresaltos en las respuestas, no hay irregularidades. Se facilita la confianza en la ayuda prometida. Los planes para influir y mejorar el entorno son adecuados y provocan un movimiento ascendente, constructivo y ordenado.

Pero, mucho más importante que la huella que se deja en el ambiente es la conformación de las personas. La personalidad se manifestará en la armonía de aspectos que pudieran parecer antagónico y no lo son. Habrá energía y delicadeza, fortaleza y calidez, exigencia y cariño, solidez y flexibilidad, acogida y libertad.

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