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Crimen y castigo

Luis De la Barreda Solórzano

PRONÓSTICO

 

 
ES MENOS ARRIESGADO ser cronista que profeta, pero a veces la tentación es irresistible. Creo que al descalificar la imponente manifestación contra la inseguridad, en la que participaron alrededor de 500,000 personas, Andrés Manuel López Obrador ha fraguado su waterloo. Antes de eso calificó de complotistas a quienes exhibieron la corrupción de sus funcionarios, señalaron los altos índices de criminalidad en la Ciudad de México, advirtieron de su demagogia u objetaron actos de su gobierno. Pero de ahí a considerar también una conjura en su contra una marcha de medio millón de personas hay una diferencia. La espléndida caricatura de Calderón (Reforma, 29 de junio) lo presenta con el gesto turbio, volteando hacia el público al que en su delirio cree estúpidamente incondicional, dando la espalda al balcón desde el que se observa el Zócalo a reventar: “¿No les dije? ¡El complot es enorme!” El jefe de Gobierno del Distrito Federal injuria a los numerosos damnificados de la criminalidad y a todos los que, víctimas o no, saben que las autoridades han fallado en la obligación que históricamente justificó su existencia y no se resignan al deterioro en la calidad de vida que produce la delincuencia desbordada. Podían perdonársele muchas cosas al populista gobernante en aras de las ganas colectivas de creer en un proyecto nunca explicitado, pero que supone el rompimiento con el pasado priísta de injusticia, corrupción y autoritarismo. No obstante, este desprecio ante el reclamo más sentido, más indignado, más apremiante de los ciudadanos no se le excusará.
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TERRIBLEMENTE VULNERABLES, los humanos siempre estamos al borde del abismo. Las enfermedades, las fuerzas de la naturaleza, las injusticias de la organización social nos ponen en riesgo o nos zahieren. Pero ninguno de los males que nos persiguen es tan inaceptable como el delito, oscura e insondable opción del homo sapiens que decide dañar a su semejante. El crimen ha estado presente en todas las sociedades. Si los hombres transigen en someterse a una autoridad es principalmente para que ésta evite que los crímenes hagan inviable la coexistencia humana más o menos pacífica.

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LA REGLA ES que las marchas se inicien 30, 45 minutos después de la hora convocada. Los manifestantes no suelen ser puntuales. Sin embargo, el domingo 27 de junio la marcha arrancó 30 minutos antes de las once, hora señalada para su comienzo. A las 10:30 ya no cabía más gente en la Glorieta del Ángel. Como muchos otros ciudadanos, entré al Sanborn’s de enfrente a fin de desahogar la vejiga. Imposible. La cola para entrar al baño de hombres era larguísima, aunque no como la de las mujeres, que era el triple de aquella. Felizmente, a unas cuadras una gasolinera permitía el desahogo por la módica suma de dos pesos.

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MUJERES Y HOMBRES de edad mediana, jóvenes, viejos, niños, bebés en carreola, personas de todas las clases sociales, tomaron Reforma, Juárez, Madero, y las recorrieron silenciosamente. Ni un solo incidente que lamentar. El silencio así asumido es más imponente que cualquier proclama voceada con vehemencia.

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A PESAR DE la rabia y el dolor, de la zozobra y la inconformidad que han convocado a esta multitud, la marcha es una fiesta. Los rostros reflejan esa sensación que se obtiene al decir “¡basta!” Sin palabras y entre cientos de miles de personas, esa pasión de sentir que se participa cívicamente en algo importante, ese desafío al torpe gobernante que trató de deslegitimar la protesta atribuyéndola a la ultraderecha, esa alegría de encontrarse caminando con otros cuyos corazones se agitan en los mismos afanes.

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SÓLO LAMENTO LAS pancartas que exigen la pena de muerte, cuya eficacia ha sido refutada por los hechos y cuya admisibilidad es imposible por razones éticas. ¿Nos repugnan los asesinatos? Pues no asesinemos. ¿Alguien podría congruentemente condenar el canibalismo y proponer que devoráramos a los caníbales? La marcha debió ser íntegramente una marcha por la vida.

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ENTRE LOS MUCHOS manifestantes desconocidos que se acercan a saludarme o a comentarme algo, uno me pregunta: “¿Es usted don Luis H. Álvarez?” Escandalizado, le aclaro: “Don Luis tiene 30 años más que yo”. Mi interlocutor me remata: “Pero es que son igualitos”.

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CONSPIREMOS CONTRA LA inseguridad que nos ensombrece. Hagámoslo abiertamente. Exijamos que a los discursos que enuncian buenas intenciones –de las que está empedrado el camino del infierno– sigan acciones eficaces. La inseguridad galopante no tiene que ser una fatalidad.

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