Víctor García Lizama
Vocación del hombre: el servicio
Si la mejor inversión es la que se hace en la formación de las personas en los más altos valores, su educación es uno de los bienes indispensables. El empresario debe participar en la educación de la comunidad, como lo hace en la de su familia, no sólo para formar simplemente “ mano de obra instruida y capacitada”, según el mercado, sino para elevar el nivel de oportunidades de desarrollo en todos los aspectos de la vida. La educación debe inspirar el auténtico amor a la verdad lejos de toda manipulación. La verdad genera libertad. Sólo los hombres libres construyen naciones libres. Sin educación no podemos esperar actitudes positivas de las personas, porque los valores que son sus raíces no se cultivaron. Todo lo dicho hasta ahora nos permite reflexionar que, cuanto somos y cuanto tenemos debe servir al desarrollo de los demás. No debemos olvidar, que la herencia que como hombres todos hemos recibido, consiste en este mundo y sus recursos, de los que debemos valernos para servir a los demás. Si nuestros bienes no nos sirven para servir, no nos sirven para vivir, amen de que, quien no sirve a los demás, no sirve. Todos ustedes saben que es lícita la posesión de los bienes terrenos adquiridos honestamente; lo que no nos está permitido es la administración egoísta de esos bienes. Recordemos que el rico Epulón no fue condenado porque vestía de púrpura y lino, no porque celebraba espléndidos banquetes, sino porque no ayudó al pobre Lázaro; de cuya existencia y necesidad no hizo conciencia, no obstante que estaba sentado a su puerta, hambriento, ansiado las migajas de su mesa. A propósito de esta parábola, Juan Pablo II nos urge a no permanecer indiferentes disfrutando de nuestras riqueza y libertad cuando, en algún lugar, el Lázaro del siglo XX demanda nuestro auxilio. Nuestras riquezas y talentos, entrañan responsabilidades especiales y crean un deber ineludible de justicia. No debemos pasar nunca de largo ante la necesidad de los demás. Nuestra respuesta debe ser eficaz, concreta, manifestarse en actitudes de entrega y servicio, y no quedarse en meros sentimentalismos. Tomás de Kempis nos pide que imitemos a Cristo. El es el ejemplo que debemos seguir; redimió por igual a Epulón y Lázaro al precio de su sangre; de la divina sangre de quien no vino a ser servido sino a servir y a dar la vida por nuestra salvación. Jesús nos dio pan y nos dio vino, y en el pan y en el vino, nos dio su cuerpo y su sangre; se dio El mismo. Por esto, insisto, debemos aspirar a ser lo que damos y no solamente quienes lo damos. Tal es el ejemplo del buen samaritano, aquel que supo detenerse en el camino ante un hombre asaltado y gravemente herido; aquel que no sólo se compadeció, sino que manifestó su amor en una obra concreta: acercándose, vendó las heridas, les echó aceite y vino y, poniendo al hombre sobre su propia cabalgadura, lo condujo a una posada, cuidó de él y dijo al posadero “ todo lo que gastares de más, yo te lo reembolsaré”. Esta es la parábola que responde a la gran pregunta: ¿Maestro, qué he de hacer para lograr la herencia eterna? Por ello el premio de la vida eterna se concederá a los que sirvieron con amor; a los que hicieron el bien. ¡Qué bello ejemplo! El samaritano no sólo invirtió su aceite y su vino, sino que personalmente cuidó al herido y lo condujo a la posada, invirtiendo así sólo sus bienes sino, lo que es más valioso, su tiempo, que es su vida; no sólo dio algo que necesitaba el hombre del camino, sino que se dio él mismo. Por experiencia sabemos que nuestra vida no es permanente alegría ni solamente tristeza; que está entretejida con dolor y gozo, con luz y oscuridad. La felicidad no es sólo la que se vive en los momentos de dicha, sino la que surge de recorrer el camino para acercarnos a nuestro fin: el Amor. La felicidad viene de convertirnos, de hacernos de tal manera que podamos servir a los demás como necesitan ser servidos. Bien es cierto, la puerta de la felicidad se abre hacia fuera.
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